Pecado y redención en la vida y la obra de Fiódor Mijáilovich dostoievski. Un acercamiento metafísico, estético y antropológico

Sin and redemption in the life and work of Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky. A metaphysical, aesthetic and anthropological approach

Díaz Márquez

Universidad de Sevilla (España)

Fecha de envío: 14/11/2023

Fecha de aceptación: 16/04/2025

DOI: 10.24310/crf.17.1.2025.17757

I. Dostoievski y el pecado

C

uentan los detractores de Dostoievski que fue un individuo plagado de vicios, un gran pecador que escamoteaba su auténtica personalidad en una maraña de espiritualidad vacía y pueril. Un genial mentiroso, no tan genial para ellos, que conseguía engañar al público, mostrando sus más aborrecibles oscuridades tras la máscara de sus personajes. Esta concepción, en la que no se suele entrar demasiado por no empañar la figura del incontestable genio ruso, tiene su parte de verdad (y también su parte de falsedad, evidentemente). Y esto es lo que intentaremos desarrollar en este trabajo1.

Es común encontrar estudios sobre Dostoievski que lo definen como un psicólogo. Sin embargo, nuestro autor no estaba completamente de acuerdo con esta catalogación, definiéndose a sí mismo como un realista en grado máximo, como un artista que se dedicaba a mostrar las honduras del alma humana2. En todo caso, lo que sí queda patente al estudiar su obra es que es capaz de dibujar con nitidez las contradicciones del ser humano, contradicciones que muchos han encontrado también en su propia persona.

Y es que el propio Dostoievski experimentaba en su propia carne esas contradicciones. Además de tener la maestría literaria para conseguir llevar hasta el límite idearios completamente diversos3, a nivel personal también vivió una contradicción constante, como veremos en este trabajo.

Tras el enorme éxito de su primera novela: Pobres gentes, publicada en 1846, en la que reflejaba la vida de los individuos más débiles de la sociedad4, el joven Dostoievski comenzaba a experimentar la vanidad propia de llegar a ser considerado un nuevo Gógol. Pero, al mismo tiempo, debido a su manera de actuar y a su carácter falto de tacto (como si de un auténtico personaje dostoievskiano se tratara), había conseguido ir enemistándose con los mismos críticos literarios y admiradores que había ido conociendo gracias a esa primera novela.

En el mismo año publica El doble, que supone un absoluto fracaso. Con esta obra, con el señor Goliadkin como una profecía de su propia suerte, Dostoievski empieza a experimentar cómo esa sociedad que acaba de encumbrarlo, es capaz de repudiarlo, dejándolo abocado a un auténtico subsuelo literario del que estaría entrando y saliendo ya durante toda su vida.

Cuenta Nabokov al hablar de Dostoievski:

El Doble (1846), que es lo mejor que escribió y sin duda muy superior a Pobres gentes, pasó sin pena ni gloria. Entretanto había nacido en él una tremenda vanidad de literato, y siendo como era muy ingenuo, tosco y poco experto en modales, se las compuso para ponerse en ridículo ante sus recién adquiridos amigos y admiradores, y echar a perder sus relaciones con ellos. Turguéniev le calificó de nuevo grano en la nariz de la literatura rusa5.

El joven genio, como vemos, al estilo de lo que nos mostrará después en algunos de sus personajes más icónicos, experimenta en su propia persona el desapego social y el enfrentamiento, en muchas ocasiones bochornoso, con lo que viene a entenderse habitualmente como buena sociedad.

Ese mismo año también publica El señor Projarchin, texto al que volveremos a referirnos más adelante. Esta obra, que también cosechó frías críticas, refleja las penalidades provocadas por la avaricia. Es más que probable que la inspiración para este personaje viniera del propio padre del autor, recalcitrante avaro (y consumado alcohólico, como sabemos). Sobre todo esto también hablaremos a continuación.

Pero la vida aún le guardaba un duro golpe a nuestro autor, necesario para forjar lo que sería en adelante como artista y como persona. En 1849 es detenido por formar parte del círculo Petrashevski. Aunque es más que probable que sólo asistiera como invitado a un par de reuniones de este círculo, Dostoievski es acusado de ser uno de los promotores de este, y condenado a la pena de muerte por ello. La mayoría de los especialistas coinciden en que la condena a muerte no fue más que una pantomima para amedrentar a los revolucionarios. Lo cierto es que dicha condena se conmutó a última hora por la de cuatro años de trabajos forzados en Siberia6. Esta experiencia transformó profundamente al escritor, de quien dicen que nunca volvió a ser el mismo. Aquí comenzó a sufrir sus ataques epilépticos.

En esta situación de pérdida de libertad, la más profunda de las miserias humanas, Dostoievski vislumbra el punto de partida hacia su renacimiento como persona (algo que nos recuerda irremisiblemente a la historia de Raskólnikov, en Crimen y Castigo). Es aquí, sumido en la absoluta oscuridad, donde comienza a observar el camino hacia la luz.

Nos cuenta Nabokov, con su peculiar punto de vista sobre nuestro autor:

Para no volverse totalmente loco en aquel ambiente, Dostoyevski tenía que encontrar alguna vía de escape. La encontró en un cristianismo neurótico que se forjó durante aquellos años. Es natural que alguno de los convictos con los que vivía mostrara, junto a una tremenda animalidad, algún que otro rasgo humano. Dostoyevski recogió esas manifestaciones y sobre ellas edificó una idealización muy artificial y completamente patológica del pueblo llano de Rusia. Era el primer paso de lo que sería su camino espiritual de allí en adelante7.

A los presos siberianos sólo se les permitía leer la Biblia. Por ello es muy probable que sea en este período en el que Dostoievski dé el paso hacia la figura de Cristo, tomándolo como modelo para la búsqueda de la plenitud del alma humana. A partir de esta experiencia, empezaremos a ver a un autor más interesado en lo metafísico que en lo político. Comenzarán a aparecer las que han sido consideradas sus más grandes obras, y en las que veremos claramente cómo se enfrentan las ideas de pecado y redención.

No pudo volver a publicar sus producciones hasta 1859, tras muchos esfuerzos para dejar de ser considerado un delincuente de Estado. Pese a conseguirlo, la censura siempre tuvo ya un ojo sobre nuestro autor, que se vio obligado a disfrazar sus obras en multitud de ocasiones para evitar problemas. Un claro ejemplo serían sus Memorias de la casa muerta, donde pone en boca de su protagonista, Goriánchikov, las experiencias que él mismo sufrió durante su etapa en presidio.

Dostoievski tuvo que vivir varias desgracias más en los años siguientes, sobre todo en el año 1864, en el que pierde a su esposa María, a su hermano Mijail y a su buen amigo y colaborador Grigóriev. Las muertes de Mijail y Grigóriev provocaron a su vez el cierre de La Época, la revista que publicaban los hermanos Dostoievski y que deja a Fiódor prácticamente en la ruina, a cargo de las deudas de la revista y también las de su hermano. A partir de entonces, deberá compaginar su producción literaria con un contexto en el que es perseguido por los acreedores, e intenta salir de ese pozo perdiendo grandes cantidades de dinero en la ruleta, y relacionándose cada vez más con usureros y estraperlistas.

En esta difícil situación, cargado de deudas, aquejado de hemorroides, con sus recurrentes ataques epilépticos y enganchado a la ruleta, escribe (o dicta, más bien, por acelerar su producción), dos obras de forma simultánea: la monumental Crimen y castigo y El jugador. Es imposible obviar, conociendo la trama de ambos textos, el claro reflejo de la situación existencial del autor.

A partir de aquí, el genio de Dostoievski ya es indiscutible y su situación se estabilizará. Aunque, como sabemos, siempre encerrará en su carácter sombrío y en su mirada severa una gran cantidad de demonios que quizá ni tan siquiera él llegara nunca a determinar con precisión. Dostoievski acalló sus contradicciones en la figura de Cristo, y propuso en sus grandes obras una búsqueda de la plenitud humana basada en el amor. Todavía quedaban por llegar grandes novelas como El Idiota, Los demonios o, en su grado máximo, Los hermanos Karamázov, en las que se consagraría como uno de los mayores genios de la literatura universal, y en las que continuará profundizando, como veremos a continuación, en los conceptos de pecado y redención, que tan acuciantes fueron para su creador.

II. El pecado en la obra dostoievskiana

Dostoievski tenía muy claro que todos los seres humanos tienen tentaciones, pero es capaz de describir a un tipo concreto de personaje que se regodeará en sus actos más bajos, porque ve en ellos una vía de ruptura frente a una sociedad que se le presenta como detestable. De este modo, podemos encontrar en su obra ejemplos claros de un sentimiento de consciente negatividad, de una tendencia humana hacia lo malvado. Un ejemplo arquetípico será el de Stavrogin, en Los demonios8.

Stavrogin afirma sentir un deleite indescriptible ante situaciones degradantes, detestables o ridículas. Este personaje presume de haber sentido placer al delinquir e, incluso, al sentirse en peligro de muerte por su forma de actuar. La voluptuosidad bestial, que siempre acompañará al ser humano, no es ajena a Dostoievski. Stavrogin no quiere piedad por no ser dueño de sus actos. Actúa de manera incorrecta conscientemente, sabe cuándo es bueno lo que hace y cuándo no, y lo hace por voluntad propia. En la mayoría de los casos, el pecador sabe que tiene la opción de evitar el mismo pecado. Sabe que puede actuar correctamente y conoce perfectamente la manera en la que debería comportarse. Pero no lo hace porque prefiere entregarse al deleite que otorga el mal.

Todo ser humano contiene el germen de la maldad en su interior; el hecho de que ese germen se desarrolle o no, dependerá en gran medida de sus experiencias y de su relación con la sociedad. Dostoievski representa en sus obras una sociedad llena de pecadores. Los personajes de sus novelas, muy lejos de ser héroes, son antihéroes cargados de vicios9. La genialidad del autor reside en que observamos, con una sinceridad abrumadora (quizá sólo posible desde el diálogo interior), cómo los personajes reconocen sus inmoralidades y su total entrega a ellas.

Dostoievski muestra la autodestrucción consentida y expone con claridad lo contradictorio de este sentimiento y su fuerte arraigo en el individuo. El pecado es una acción obligada que se lleva a cabo desde la libertad. El individuo está obligado por su misma volición a actuar de la manera en que lo hace, aun sabiendo que sus actos van a perjudicarle. Es importante resaltar esto: el pecado es pecado en tanto que se efectúa desde la libertad. El pecador quiere hacer lo que hace.

Dostoievski nos retrata una racionalidad esclava de las pasiones. La moralidad cristianizada en la que se mueve el autor definirá los vicios o pecados capitales como aquellos a los que la naturaleza humana caída se inclina fundamentalmente. Y son capitales no ya en base a su magnitud, sino a que son el origen de todos los demás pecados. Seguiremos como guía la recopilación que hace de ellos Tomás de Aquino en su Tratado de los vicios y los pecados10, y veremos qué entidad les da Dostoievski dentro de su obra.

El orgullo es uno de los vicios más tratados en la obra dostoievskiana. El sentimiento de superioridad, la búsqueda del honor y la gloria, se ven multiplicados por la negativa social a dar al individuo un estatus superior. Recordemos la estrepitosa caída de nuestro autor en sus comienzos como nuevo genio de la literatura rusa. El individuo que entra en este ámbito, va cayendo de una manera cada vez más irremediable en un pozo sin fondo en el que la soberbia predominará ante todo.

Podemos advertir ejemplos de este concepto en obras como Crimen y Castigo o Memorias del Subsuelo. Raskólnikov se percata de que ha cometido el crimen más por el vicio de sus ideas que por el propio dinero. Opta por asesinar a la vieja usurera por su sentimiento de superioridad sobre la sociedad, pese a saber que eso le va a ocasionar serios problemas. El dinero era sólo una mala excusa. Igualmente, en Memorias del Subsuelo, es prácticamente el orgullo el que narra la historia. El antihéroe de la novela se sitúa en una posición distante de la sociedad por sentirse superior a esta y no verse reconocido por ella. El populacho, que no sabe reconocer la grandeza del individuo orgulloso, es ignorante y aborrecible. No hay vicio más doloroso que el orgullo del infame. De aquí derivarán el desprecio desesperado e incluso el ataque sin miramientos hacia esa sociedad opresora que coarta de manera injusta el desarrollo de la grandeza individual. Raskólnikov (en Crimen y Castigo), Kirillov (en Los demonios) o Iván Karamázov (en Los hermanos Karamázov), entre muchos otros, serán caracteres paradigmáticamente orgullosos.

El segundo de los pecados capitales, la avaricia, puede verse reflejado en la ya citada El Señor Projarchin. Muy en línea con lo que le ocurrió al propio padre de Dostoievski11, el señor Projarchin es un viejo que, obsesionado con su fortuna, aborrecerá a todo su mundo circundante. Todo intruso es un peligro inminente. No quiere que le pidan nada, no quiere salir de su habitación... declara la guerra al mundo exterior para resguardar su tesoro. Por ello no se aparta de su cama, en la que ha escondido todo su dinero. Projarchin crea un submundo a raíz de esa pulsión, a través de la cual se va destruyendo a sí mismo. Es completamente esclavo de su afán por el dinero. Así, acaba por morir solo, despreciado e incomprendido sobre su colchón repleto de rublos.

Como no podía ser de otra manera, también nos encontraremos con la lujuria en la obra de Dostoievski. En sus textos tenemos varios ejemplos de lo que podríamos catalogar como una sexualidad de moralidad dudosa, especialmente, del abuso de menores. De hecho, el autor tenía una fijación preocupante por la cuestión de la niña violada. Dostoievski tuvo varias amantes y, además de ello, como ya hemos mencionado, se le llegó a imputar el haber violado a una niña cuando era joven. Cierto o no, lo que sí es innegable es que el autor se interesa por el tema del abuso lujurioso de poder, soportado por varios personajes femeninos en sus novelas12.

Aunque la lujuria también puede tener una connotación no sexual. Del latín luxus (abundancia, exuberancia, lujo), luxuria podría traducirse como lujo desmedido o derroche excesivo. En El Jugador, Dostoievski exterioriza el sentimiento orgiástico experimentado por el jugador de la ruleta, y decimos exterioriza precisamente porque el autor, como ya sabemos, sentía profundamente esta lujuria ante el azar y la posibilidad de cambiar su destino. Dostoievski perdió mucho dinero en la ruleta, aun sabiendo sus ínfimas o nulas posibilidades de ganar.

Cansinos-Assens, en su prólogo a esta obra, realiza una interesante relación entre estas dos acepciones de la lujuria, sexual y no sexual. Nos habla de la lucha entre Rulettenburg y Venusberg, analogía geográfica para referirse a la lucha igualada entre el juego (la ruleta, Rulettenburg, que es la ciudad en la que se desarrolla la trama), y el sexo (Venusberg). El verdadero jugador pone en la mesa su propia vida, la arriesga y la pierde poco a poco en un afán por conseguir un cambio radical que pocas veces llega. Prefiere perder lo poco que tiene en una apuesta en la que puede ganar mucho, aun sabiendo que difícilmente lo conseguirá. Y esto llevará a esa desmesura placentera que significa el juego.

El desenfreno y la lujuria experimentados en la novela por Mademoiselle Blanche son el ejemplo perfecto. La anciana siente esa lujuria por la ruleta y apuesta todo el dinero que debería dejar en herencia a sus parientes, que ven cómo se va esfumando por el vicio de la mujer13. Dostoievski vivió este pecado muy de cerca, ya que se había dejado llevar en diversas ocasiones por esa pulsión irrefrenable de intentar cambiar su fortuna. Lo conocía de primera mano.

E, inevitablemente, también debió conocer por ello el siguiente pecado que nos ocupa: la ira. Al igual que les ocurre a los herederos de Mademoiselle Blanche, cuando ven que se están arruinando por los desvaríos de esta, Dostoievski hubo de sentir irremisiblemente una ira desmesurada hacia sí mismo al ver cómo iba perdiendo lo poco que tenía de una forma tan irracional. La revuelta iracunda e impaciente será propia de muchos de los personajes dostoievskianos. Así, los herederos de Mademoiselle Blanche ante el vicio de ésta, Raskólnikov ante la detestable sociedad, Goliadkin ante su doble... nos mostrarán, como ya hemos expuesto anteriormente, qué significa esa perniciosa manera de enfrentarse a las dificultades. Son tantos los ejemplos de este pecado a lo largo de la obra de Dostoievski, que podríamos elaborar un artículo hablando exclusivamente de ellos.

Otro de los pecados capitales será la gula. Este vicio era el tema central de una obra que Dostoievski tuvo siempre en proyecto pero que nunca llegó a culminar. Esta obra se hubiera titulado algo así como Los Borrachines. Para Dostoievski, el problema del alcoholismo amenazaba con convertirse en el problema nacional de Rusia. No llegó a embarcarse en la producción de esta idea porque comenzó a escribir El Jugador. En todo caso, el tema del alcoholismo está presente en muchos momentos de la obra dostoievskiana.

El más representativo (y probablemente en el que el escritor aprovecharía las notas que tenía para esa obra inédita) es el caso de Marméladov, el borracho padre de Sonia en Crimen y Castigo. El borracho observa que su forma de actuar es absurda y perniciosa, pero no puede dejar de beber. Se ve envuelto en un torbellino de malestar corporal, vergüenza social y miseria económica, pero no consigue abandonar lo que realmente es el origen de sus problemas, y bebe para olvidarlos. Este círculo vicioso nos muestra lo tremendamente complicada y paradójica que llega a ser para el bebedor la vida consigo mismo.

El personaje de Marméladov llega a declarar en Crimen y Castigo:

«¿Acaso no lo siento? Y cuanto más bebo, más lo siento. Bebo, precisamente, porque en la bebida busco compasión y sentimiento... ¡Bebo porque quiero sufrir profundamente14!».

Este pequeño párrafo es muy ilustrativo para entender de qué manera entiende Dostoievski la necesidad del sufrimiento para conseguir la redención. Berdiaev, en su obra El espíritu de Dostoyevski, lo tiene bastante claro:

El mal es inseparable del sufrimiento y debe desembocar en la redención. Dostoyevski cree en la fuerza redentora y regeneradora del sufrimiento. Para él, la vida es ante todo la redención de una culpa por medio del sufrimiento15.

Pero volveremos a este poder del sufrimiento como puerta hacia la redención en la última parte de esta investigación. Siguiendo con los pecados, otro muy habitual en la obra de Dostoievski será la envidia. Tampoco haremos mucho hincapié en este pecado capital ya que lo hemos ido apuntando en líneas anteriores. Goliadkin (en El Doble) y Raskólnikov (en Crimen y Castigo) serán, como ya sabemos, abanderados de excepción de tan pernicioso vicio. Parece claro que la certera forma en la que el autor dibuja este sentimiento16, se debe a que él mismo también lo sufrió en su vida, sobre todo hacia otros autores como Tolstoi, Turguéniev o Goncharov, que disfrutaron de situaciones económicas mucho más favorables que él.

Así, pasaremos al último de los pecados capitales: el de la pereza. En Corazón Débil, pequeña obra escrita en 1848, Dostoievski nos cuenta la historia de Vasia Shumkov, un joven que trabaja haciendo copias de documentos gubernamentales. Nos muestra el autor que el pecado puede encontrarse en el ser humano en cualquier momento y por los motivos más variados. Incluso los sentimientos más nobles, como el amor, pueden llegar a devenir en pecado. Y éste es el caso de Shumkov, que abandona todas sus obligaciones para disfrutar su amor, para pasear con su amada, para recordarla cuando no están juntos... El final de este personaje, exaltado de manera exagerada por esas voliciones, será acabar en un manicomio.

Y es que, en cuanto un individuo tropieza contra los intereses de la sociedad se convierte en un loco, o en un asesino, o en un grano en la nariz (como diría Turguéniev sobre nuestro autor). Y será despreciado y apartado de la comunidad para que no pueda ejercer ninguna influencia negativa. Así, la moralidad imperante reconoce, juzga y condena al soberbio, al avaro, al libidinoso, al irascible, al glotón, al envidioso y al perezoso, cada uno en una escala de gravedad acorde a sus efectos sobre el bienestar social. Desde el simple reproche hasta la inhabilitación completa o, incluso, la muerte, la sociedad reaccionará siempre ante el pecador. Como hemos visto, todos estos vicios son conocidos y experimentados en mayor o menor medida por Dostoievski, quien definirá a la sociedad definiéndose a sí mismo, en último término. Pasaremos ahora a ver qué salida encuentra el autor a este difícil contexto en el que se encuentra el ser humano.

III. La esperanza de la redención

¿Hay alguna oportunidad para el pecador? Dostoievski, por la cuenta que le trae, quiere creer que sí. Aunque el vicioso actúa siempre empujado por el vicio, es muy común que busque el perdón en el arrepentimiento tras sus actos. Marliangeas, en su obra Culpabilidad, pecado, perdón, realiza esta distinción entre remordimiento y arrepentimiento:

El remordimiento. Es esta también una de las típicas manifestaciones del sentimiento de culpabilidad. No debe confundirse con el arrepentimiento o lo que la teología llama la contrición. El remordimiento es una conducta autopunitiva que conduce a repetir indefinidamente el pasado vivido como una condenación, como una acusación a la persona. Quien lo padece suele expresarse de este modo: «Me lo reprocho continuamente». El arrepentimiento o la contrición son conductas completamente diferentes, que no miran al pasado sino al futuro. Hay en ellas, es verdad, un reconocimiento de la culpabilidad, pero no se limitan únicamente a eso: comportan siempre una ruptura que supone el paso al terreno de la decisión y la acción, no tan sólo un simple sentimiento17.

La gran diferencia estará aquí, en discernir si el pecador se arrepiente verdaderamente, o simplemente está experimentando remordimientos. Marméladov, por ejemplo, en Crimen y Castigo, al ser atropellado, pide moribundo la absolución al sacerdote por una vida de pobreza y de sinsabores ocasionados por el alcohol18. Pero ¿es correcto pedir perdón en el último momento por una vida de pecados? ¿O será más sensato reafirmar los propios pecados, como hace Stavrogin en el texto que comentábamos anteriormente?

El vicioso no puede contenerse, desea con todas sus fuerzas hacer eso que cualquier razonamiento sereno tacharía de locura. Busca saciar su apetito, por lo que, por mucho que le remuerda la conciencia, volverá a caer en la tentación. Es por esto que una de las plegarias más reiteradas en el cristianismo sea no nos dejes caer en la tentación. Esto representa a la perfección la autoconciencia del ser humano de su capacidad para pecar, para actuar mal ante sí mismo y ante los demás. De no ser digno de amor19. Y se torna una dificultad tan monumental que sólo puede combatirse mediante la gracia divina.

En este sentido, podría ser interesante estudiar la obra Los demonios como una gran alegoría sobre el sentimiento de expiación de los propios demonios del autor. En un capítulo inédito en el manuscrito final, Stavrogin afirma haberse casado con Marya Lebiadkina sólo como castigo por haber abusado de Matriosha, una niña de 10 años a la que violó y que acabó suicidándose por ello20. Todo este capítulo, que no se incluyó en el original por la negativa expresa del editor, gira alrededor de esa idea de la niña violada, y al remordimiento que esta le ocasionaba

Si leemos la obra exceptuando ese capítulo no publicado, Los demonios habla de los demonios de Rusia, que no son otros que los terroristas, los nihilistas, los revolucionarios… que ponen en riesgo al país. Pero si la leemos incluyendo ese capítulo, que fue encontrado entre los documentos de Dostoievski tras su muerte, podríamos sospechar que esos demonios son los del propio Dostoievski, intentando redimir su culpa al exponer al mundo su mayor vergüenza21. El hecho de que el editor se negara a publicar este capítulo pudo estar enfocado a salvaguardar la imagen y la carrera del autor, que probablemente se habría puesto nuevamente en entredicho con este texto.

Curiosamente, en la misma obra encontramos una conversación entre Stavrogin y el padre Tihon sobre la posibilidad de declarar por escrito todos sus pecados22. En esta conversación puede verse cómo Tihon aconseja a Stavrogin que no publique esa confesión, ya que, con ella, echaría a perder su carrera y su reputación. Tihon acaba diciéndole que refrene su propio orgullo (otro de los pecados estudiados aquí), que no es más que un demonio que puede arrebatarle la libertad. No podemos evitar imaginar una discusión similar entre Dostoievski y su editor para decidir si el capítulo en cuestión se incluiría o no en la novela. Finalmente, el capítulo quedó inédito. En todo caso, no hay suficiente documentación para fundamentar con rotundidad esta idea, por lo que deberíamos conceder el beneficio de la duda y considerar este asunto meramente desde el ámbito de la casualidad.

Como afirma Juan López-Morillas en su Introducción a Los demonios, para Dostoievski fue muy importante el estudio del pecador en sí. Uno de sus grandes proyectos inacabados fue una novela que se hubiera titulado La vida de un gran pecador23. Finalmente, ese material fue aprovechado para la elaboración de Los demonios y la creación de Stavrogin.

Dostoievski es el gran hombre que se ve despreciado, criticado, encarcelado y casi fusilado por la sociedad. Es el héroe que no se atreve a actuar, que envidia, que juega a la ruleta, que titubea... Dostoievski es un antihéroe. Y la única vía de escape que le aparece a lo largo de su vida y que deja patente en sus obras será el amor. Sólo en el amor se reconciliará el antihéroe con ese entorno que lo frustra. Sólo en el amor, en una identificación con el otro insospechada anteriormente, estará el principio de la redención. Un amor que parte del amor a sí mismo, pero que ha de enfocarse hacia afuera, hacia los demás. Y esto sólo es posible para nuestro autor en la figura de Cristo.

Para Dostoievski, sólo a través del amor a Cristo, que se lleva a efecto mediante el amor al prójimo, podrá el pecador expiar su culpa. Por ello Aliosha Karamázov, cúmulo de todas las virtudes24, será para Dostoievski la esperanza de la humanidad. Aliosha es el germen del nuevo hombre, de ese hombre pleno tan importante para el pensamiento ruso. El individuo que entiende a la humanidad como parte de sí mismo, abandona los conceptos de lo ajeno y lo propio, se socializa en su grado máximo. Únicamente a estos hombres podría encomendárseles el perfeccionamiento de la humanidad. Sólo desde el amor global puede experimentarse la verdadera libertad. El amor será, como afirma Buytendijk, la única condición de posibilidad para la abolición de todo dolor y de todo pecado25.

Para Dostoievski, Cristo es quien abre la posibilidad al hombre para que pueda encontrar el Reino de los cielos en sí mismo, a través del perfeccionamiento moral. Sólo a través de Cristo se abrirá la posibilidad de la redención de unos pecados que vienen de la mano de nuestra propia libertad. El ser humano es contradictorio porque es capaz de vislumbrar esa luz, mientras siente profundamente la oscuridad26. Y esa contradicción es la que, muy probablemente, estuvo viviendo Dostoievski a lo largo de toda su vida, intentando quizá exorcizarla a través de su pluma, como dice Berdiaev en este texto, con el que finalizamos:

Dostoyevski investiga y descubre los sufrimientos de la conciencia y el arrepentimiento a una profundidad a la que hasta ahora no habían sido visibles. Descubre la voluntad hacia el crimen en la profundidad última del hombre, en los secretos pensamientos del hombre. Los sufrimientos de la conciencia abrasan el alma humana también cuando no ha cometido ningún crimen visible. El hombre se arrepiente y se sacrifica aunque la voluntad hacia el crimen no se haya convertido en hechos. Ni la ley del estado ni el juicio moral de la opinión pública llegan hasta la profundidad misma de la delictuosidad humana. El hombre sabe sobre sí mismo las cosas más terribles y se considera merecedor de un castigo más severo. La conciencia humana es más implacable que la fría ley del estado, exige más del hombre27.

Referencias bibliográficas:

Berdiaev, N. (2008): El espíritu de Dostoyevski. Granada: Editorial Nuevo Inicio.

Buytendijk, F. J. (1961): La psicología de la novela. Estudios sobre Dostoievski. Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé.

Cassedy, S. (2005): Dostoevsky’s Religion. Standford: Standford University Press.

Chestov, L. (1949): La Filosofía de la Tragedia. Dostoievski y Nietzsche. Buenos Aires: Emecé Editores.

Dostoievski, F. M. (2009): Cuentos. Barcelona: Ediciones Siruela.

Dostoievski, F. M. (2007): Los demonios. Madrid: Alianza Editorial.

Dostoievski, F. M. (1991): Obras completas. México: Aguilar.

Evdokimov, P. (1978): Dostoïevsky et le probléme du mal. París: Desclée de Brouwer.

Guardini, R. (1954): El Universo Religioso de Dostoyevski. Buenos Aires: Emecé Editores.

Kristeva, J. (1992): «Dostoievski, una poética del perdón», en El perdón. Quebrar la deuda y el olvido. Madrid: Cátedra.

Lauth, R. (2005): Dostoievski, su siglo y el nuestro. Barcelona: Prohom Edicions.

Marliangeas, Bernard D. (1983): Culpabilidad, pecado, perdón. Santander: Editorial Sal Terrae.

Nabokov, V. (2009): Curso de literatura rusa. Barcelona: Ediciones B.

Tomás de Aquino (2018): Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de autores cristianos.

Díaz Márquez: Doctor por la Universidad de Sevilla. Miembro del Grupo de Investigación Equipo de Filosofía de la Cultura (HUM153: EQUIPO DE FILOSOFÍA DE LA CULTURA), de la Universidad de Sevilla. Actualmente, Profesor en el Centro Universitario Sagrada Familia, de Úbeda, en el Departamento de Didáctica de las Ciencias Sociales (áreas de Filosofía y Sociología).

Líneas de investigación: Filosofía y literatura, Ética y nuevas tecnologías, Didáctica de las Ciencias Sociales.

Publicaciones recientes:

Libros, en el marco científico: La luz en Dostoievski y Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Existencia, sociedad y verdad; en el ámbito de la elaboración de material docente: La filosofía desde el relato, ¿Qué puedo conocer? Fundamentos de Historia de la Filosofía y El espíritu de Écija y otros cuentos.

– Artículos: «El cristianismo de F. M. Dostoievski y su correspondencia con la experiencia del amor en Ignacio de Loyola», publicado en Pensamiento. Revista de Investigación e Información Filosófica. «“Noches blancas triunfa en TikTok: ¿el resurgir de Dostoievski?», publicado en la revista digital The Conversation.

Correo: mdiaz7251@gmail.com


1. Turguéniev, uno de sus reconocidos enemigos, afirmaba de él que no era un hombre bueno, ni feliz, sino un envidioso y un petulante. Sostuvo que Dostoievski le había confesado en privado la violación de una niña cuando era joven (lo veremos más adelante), algo que nunca se pudo demostrar. Para Turguéniev, las novelas dostoievskianas no eran más que un intento de demostrar una nobleza de alma que no poseía realmente.

2. Afirmaba el autor en sus Pensamientos anotados: «Con completo realismo, buscar en el hombre al hombre. Este es un rasgo absolutamente ruso, y en este sentido soy ya naturalmente pueblo (ya que mi orientación responde a la hondura del espíritu cristiano del pueblo), no obstante ser desconocido para el actual pueblo ruso… En lo futuro, ya me conocerá. Me llaman psicólogo. Eso no es exacto. Sólo soy un realista en el sentido superior, es decir, que muestro todas las honduras del alma humana». F. M. Dostoievski, «Del Dostoievski inédito. Pensamientos anotados», en Obras Completas (Tomo V), México: Aguilar, 1991, pp. 708-709.

3. R. Lauth, Dostoievski, su siglo y el nuestro, Barcelona: Prohom Edicions, 2005: «En la lealtad de sus cavilaciones Dostoievski llegó al punto de anticipar posiciones adversas extremas ideándolas, para poder terminar con ellas como posibilidades últimas. Esto es precisamente lo que ha conducido a malinterpretaciones constantes», p. 205.

4. Recordemos que la infancia de Dostoievski se desarrolló en una pequeña vivienda que el Hospital de Beneficencia Marinski cedía a su padre por trabajar allí como médico. En uno de los barrios más pobres de Moscú, el pequeño Fiódor se crio rodeado de gente pobre, enferma y oprimida.

5. V. Nabokov, Curso de literatura rusa, Barcelona: Ediciones B, 2009, p. 198.

6. Cuando hablamos de que fue a última hora, nos referimos a que los reos ya se encontraban atados y con los ojos vendados frente al pelotón de fusilamiento.

7. V. Nabokov, op. cit., p. 200.

8. «Toda situación extremadamente vergonzosa, completamente degradante, detestable y, sobre todo, ridícula, en que me he hallado en mi vida ha despertado siempre en mí, junto con una cólera desmedida, un deleite indescriptible. Así lo he sentido en los momentos en que cometía un delito y en aquellos otros en que mi vida ha estado en peligro. […] No me cabe duda de que podría vivir como un monje toda la vida, a pesar de la voluptuosidad bestial de que estoy dotado y que siempre he tratado de provocar. […] Soy siempre dueño de mí mismo cuando quiero serlo. Por lo tanto, hago constar que no quiero que se me juzgue irresponsable de mis delitos, achacándolo al medio ambiente en que he vivido o a la enfermedad». F. M. Dostoievski, Los demonios, Madrid: Alianza Editorial, 2007, pp. 846-847.

9. Afirma Stepan Trofimovich en Los demonios: «Tous les hommes de génie et de progres en Russie étaient, sont et seront toujours jugadores de cartas y borrachines que beben como camellos…», p. 89.

10. Cfr. Tomás de Aquino, Suma Teológica, (Tomo V), Madrid: Biblioteca de autores cristianos, 2018.

11. Mijail Andriéevich Dostoievski murió en 1839 a manos de algunos de sus trabajadores. Al parecer, su extrema avaricia, su afición por el alcohol y sus constantes excesos contra las jóvenes aldeanas hicieron que los campesinos oprimidos se rebelaran contra él y acabaran con su vida.

12. Por ejemplo, en Un árbol de Navidad y una boda, cuenta Dostoievski cómo un individuo, que se entera de que una niña pequeña tiene una gran dote, consigue que los padres se la entreguen en matrimonio con las más sucias argucias. Este caso podría servir para referenciar tanto el pecado de la lujuria como también el de la avaricia. El narrador, que comienza el relato contándonos cómo la niña pequeña abre unos regalos junto a un árbol de Navidad, lo finaliza encontrándose con la boda: «Se comentaba que la novia apenas tendría dieciséis años. Miré atentamente al novio y de pronto reconocí a Iulián Mastákovich, al que no veía desde hacía cinco años. También miré a la novia... ¡Dios mío! Me puse a toda prisa a abrirme paso entre la gente para salir de la iglesia. Entre la muchedumbre se hablaba de que la novia era rica, de que tenía quinientos mil rublos de dote... y no se sabía cuánto más en renta... “Pues, pese a todo, ¡le salió bien la cuenta!” pensé yo saliendo a la calle...». F. M. Dostoievski, Cuentos, Barcelona: Ediciones Siruela, 2009, p. 205.

13. «¡No voy a perder nada vuestro, sino mío!» F. M. Dostoievski, El jugador, Madrid: Aguilar, 1991, p. 641. En este caso la anciana arriesga un dinero que no necesita para nada (a diferencia de sus herederos). Pero, incluso en la más miserable necesidad, como fue el caso de nuestro autor, quien se ve afectado por este vicio es capaz de jugarse cualquier cosa por un impulso.

14. F. M. Dostoievski, Crimen y Castigo, p. 81.

15. N. Berdiaev, El espíritu de Dostoyevski, Granada: Editorial Nuevo Inicio, 2008, p.99.

16. Podemos leer a Goliadkin en El Doble afirmando: «Quisiera saber qué es lo que le permite triunfar en la buena sociedad. No tiene talento, carácter, educación ni sentimientos. Lo que sí tiene el sinvergüenza es buena suerte. ¡Dios santo! ¡Hay que ver lo deprisa que puede trepar un hombre y hacer amistades! ¡Y este subirá! ¡Apuesto cualquier cosa a que este pillo llegará lejos!». F. M. Dostoievski, El Doble, Madrid: Aguilar, 1991, p. 149.

17. B. D. Marliangeas, Culpabilidad, pecado, perdón, Santander: Editorial Sal Terrae, 1983, p. 40.

18. A lo que Katerina le responderá diciendo: «¡Ay, padre! Eso son palabras y nada más que palabras. ¡Perdonar! De no ser por el atropello, habría llegado hoy borracho, con esa única camisa que tiene sucia y hecha jirones, y se habría tumbado a roncar mientras yo me quedaba chapoteando en el agua hasta el amanecer para lavar sus andrajos y los de los niños, luego ponerlos a secar en la ventana y remendarlos en cuanto asomara el día. ¡Así hubiera pasado la noche! ¿A qué viene hablar aquí de perdón? ¡Demasiado he perdonado!». F. M. Dostoievski, Crimen y Castigo, p. 278.

19. Afirma Marliangeas en la obra citada: «La culpabilidad siempre se encuentra ligada al temor de no ser digno del amor y del deseo del otro y, al mismo tiempo, al sufrimiento que trae la pérdida de la estima y el amor de uno mismo. Este miedo a perder la estima y el amor puede que no sea más que una culpabilidad difusa, una inquietud sobre el no merecimiento; incluso a veces es únicamente un miedo generalizado de no ser amado, sin que aparezca claramente a la conciencia la idea de no ser digno de él», pp. 36-37.

20. «Una vez, cuando observaba a la coja Marya Timofeyevna Lebiadkina, quien a veces me limpiaba las habitaciones y aún no había perdido el juicio, sino que sólo era retrasada mental enamorada secretamente de mí (de lo que se habían enterado mis amigos), resolví de buenas a primeras casarme con ella. La idea de que Stavrogin se casase con una criatura tan ínfima me excitaba los nervios. Nada más monstruoso cabía imaginar. Ahora bien, no alcanzo a poner en claro si en esa decisión mía entraba inconscientemente (¡claro que inconscientemente!) la cólera que me dominaba por la ruin cobardía que había mostrado después de lo de Matriosha». F. M. Dostoievski, Los demonios, p. 854.

21. Ibíd: «¿Por qué ningún otro recuerdo me solivianta tanto como ése? […] Después de aquello estuve vagando casi todo un año y tratando de ocuparme en algo. Sé que, aún hoy, puedo apartar de mi mente a la muchacha cuando me venga en gana. Soy tan dueño absoluto de mi voluntad como antes. Pero la cuestión es que no he querido nunca hacerlo, que no lo quiero ni nunca lo querré. De eso estoy absolutamente seguro. Y así seguirán las cosas hasta que me vuelva loco», p. 857.

22. Ibíd.: «Toda mi petición se reduce a que usted… Usted se hace cargo, Nikolai Vsevolodovich (tales son, según creo, su nombre y patronímico) de que con la publicación de esas hojas echa a perder sus posibilidades… en cuanto a una carrera, por ejemplo, y en cuanto a todo lo demás.

—¿Una carrera?— Nikolai Vsevolodovich arrugó el ceño con desagrado.

—¿Por qué destruirla? ¿Por qué ser tan inflexible? […] A usted le domina el deseo de martirio y de autosacrificio. Sobrepóngase a ese deseo, deseche esas hojas y ese propósito, y entonces lo superará todo. ¡Humillará su orgullo, humillará a su demonio! Saldrá victorioso y alcanzará la libertad…», p. 866.

23. Ibíd. En la introducción de esta obra, López-Morillas dice: «La vida de un gran pecador debía incorporar uno de los grandes temas del cristianismo: el pecado y la redención. Menudean indicios de que Dostoyevski pensaba en esta obra como la cima de su carrera de escritor. De eje en su composición le serviría la idea de que el pecador nunca está tan cerca de su redención como cuando llega al último confín de la culpa, a la hondonada más tenebrosa de la degradación, al ultraje más procaz de la Ley de Dios y, por supuesto, a las leyes humanas. Se trata, pues, de un Gran Pecador, no de un mero transgresor de tal o cual Mandamiento, del alguien para quien el Pecado (y habría que escribirlo con mayúscula) es forma, aunque no sustancia de vida. Y hay que destacar que no es sustancia, porque si Vida y Pecado fueran consustanciales, la noción misma de pecado, y por ende la de redención, carecerían de sentido. De esa insustancialidad del pecado de La vida de un gran pecador, Dostoyevski proyectaba una primera parte dedicada a un protagonista entregado, fría y «racionalmente», a las más horrendas abominaciones, y una segunda parte en que, alumbrado por la Gracia, el gran pecador vuelve los ojos a Dios y confiesa sus delitos antes de morir. En la alquimia que fundió y transmutó las dos novelas, ese protagonista se convirtió en Nikolai Stavrogin», p. 12.

24. Dostoievski nos dibuja a un Aliosha que demuestra humildad (frente al orgullo), generosidad (frente a la avaricia), castidad (frente a la lujuria), paciencia (frente a la ira), templanza (frente a la gula), caridad (frente a la envidia) y diligencia (frente a la pereza).

25. F. J. Buytendijk, La psicología de la novela. Estudios sobre Dostoievski, Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé, 1961: «El misterio de estas personas “insólitas” de las novelas de Dostoievski es el misterio de las más extremas posibilidades. Su existencia llena de inquietud y de nostalgia nos indica un nuevo mundo, una tierra firme, a la que se llega tras el vagabundeo angustioso por el mundo de los afanes, en un Sein zum Tode (“ser para la muerte”). Cuando se entra en esta tierra firme, “todos los hombres se amarán entre sí y ya no habrá pecado ni sufrimiento”, dice Dostoievski. Quien está familiarizado con la obra de Dostoievski sabe que este pensamiento de la abolición de todo dolor y de todo pecado por obra del amor, no es una enunciación teórico-ética, sino una idea, que solamente es verdad cuando está encarnada en la realidad humana, tal como ésta aparece en el “torbellino” de la existencia. En sus novelas la violencia de este torbellino se convierte en nuestra posibilidad», p. 48.

26. Berdiaev, op. cit., «Para elevarse, por el contrario, hasta un nivel espiritual superior, hay que desenmascarar el mal, hay que sufrir por su causa. Dostoyevski retrata esos tormentos. Muestra cómo el mal es el camino trágico del hombre, su destino, la prueba de su libertad. El mal es, ante todo, contradictorio», p. 99.

27. Ibíd., p.108.

Resumen

En este artículo realizaremos una revisión de los conceptos de pecado y redención, contrastándolos no sólo con la obra de Dostoievski, sino también con algunos hitos de su biografía. De este modo, intentaremos demostrar que existe una estrecha correlación autobiográfica entre el autor y sus textos; siendo esto, probablemente, uno de los motivos principales para que, doscientos años después de su nacimiento, aún siga asombrando a los nuevos lectores del siglo XXI.

Palabras claves

Dostoievski; pecador; redención; metafísica; estética; antropología; cristianismo.

Abstract

In this paper the concepts of sin and redemption will be reviewed, contrasting them not only with Dostoevsky’s work, but also with some milestones in his biography. In this way, we will try to demonstrate that there is a close autobiographical correlation between the author and his texts; this being probably one of the main reasons why, two hundred years after his birth, he still continues to amaze new readers of the 21st century.

Keywords

Dostoievsky; sin; redemption; metaphysics; aesthetics; anthropology; christianity.

Claridades. Revista de filosofía 17/1 (2025), pp. 301-318.

ISSN: 1889-6855 ISSN-e: 1989-3787 DL.: PM 1131-2009

Asociación para la promoción de la Filosofía y la Cultura en Málaga (FICUM)