Bernácer, J. (2025): Neurociencia de la conciencia: Una visión crítica de su abordaje científico actual, Madrid, Editorial Tecnos, 132 pp., ISBN 978-84-309-9389-5
Martín Aísa
Universidad de Navarra
ORCID: https://orcid.org/0009-0009-7252-9169
DOI: 10.24310/nyl.20.2026.22872
Recibido: 19 de diciembre de 2025
Aceptado: 22 de diciembre de 2025
Son pocas las cuestiones que han llegado a generar, a lo largo de las últimas décadas, debates tan controvertidos y enzarzados como lo ha hecho la conciencia. Hablar de ella supone disponer un tablero de juego cuya zona central queda compartida por el cerebro (uno de los objetos más complejos jamás conocidos) y por «aquello que nos hace ser lo que somos» (p. 12) (uno de los conceptos más complejos jamás planteados). Por si fuera poco, la cosa no queda ahí: a su alrededor, tantas fichas como áreas del conocimiento parecen competir por ser las primeras en llegar a la casilla de meta. Lejos de tal hazaña, pocos son los que osan definir la llamada c-word y demasiados los que creen estar en potestad de hacerlo; no es el caso de JAVIER BERNÁCER que, como coordinador y de la mano del resto de autores, se aleja de ello para poner el tablero completamente al revés. De este modo, nos presenta un libro cuyo objetivo es discutir las teorías contemporáneas de la conciencia junto con su contexto histórico y conceptual, empujando al lector a cuestionarse las reglas autoimpuestas del juego: ¿y si la clave no estuviera en competir, sino en colaborar de forma interdisciplinar?
Con tal premisa en mente, JOSÉ IGNACIO MURILLO comienza proponiendo que la perspectiva clásica sobre la conciencia, concretamente la ofrecida por el pensamiento griego, es capaz de rescatar un valor profundo y relevante del que los debates actuales parecen haberse olvidado. Lejos de tratar la conciencia como algo aislado, su enfoque permite situarla dentro de una concepción mucho más unitaria del ser humano, entendido como alguien capaz de conocer intelectualmente la realidad. Por ello, el problema de la conciencia no debería separarse de cuestiones más amplias como la del saber o la de la naturaleza del sujeto. Su capítulo defiende así que el estudio científico de la conciencia es necesario, pero solo en la medida en que permanezca vinculado a un marco antropológico sólido. Todo ello ofrece una herramienta adicional para evaluar las teorías actuales evitando reduccionismos innecesarios, pues «dualidad sí, pero no dualismo» (p. 26).
PABLO EMMANUEL GARCÍA amplía este mismo elemento introductorio situando los debates contemporáneos sobre la conciencia en función del marco teórico al que pertenecen, y ubicando al lector en aquellos que se desarrollarán posteriormente. Desde Nagel y su célebre «¿qué siente un murciélago siendo un murciélago?» (p. 32), pasando por Zahavi, Searle, Chalmers, hasta Peirce y su aproximación a los qualia, se pone de relieve cómo ninguno de estos planteamientos puede desligarse de una determinada concepción de la naturaleza humana. Esto vincula inevitablemente las distintas perspectivas a cuestiones morales de las que no pueden separarse, haciendo de la naturalización de la conciencia una empresa difícilmente realizable, aunque no por ello carente de valor.
Posteriormente, JUAN ARANA culmina la base filosófica presentada defendiendo que la autoconciencia ocupa un lugar central en la comprensión de la mente humana y que no puede explicarse por completo a partir de leyes naturales. No se trata de un resultado más de los procesos mentales, sino de una condición previa que orienta y organiza la experiencia, lo que limita las posibilidades de una explicación exclusivamente científica. Esto no implica, en ningún momento, un rechazo de la ciencia, sino la integración de disposiciones naturales con capacidades autónomas propias del ser humano. De esta interacción surgen hábitos y decisiones que conforman modos de ser más duraderos, sin perder de vista el papel de la libertad. Se subraya que el estudio científico de la conciencia exige, por su propio método, prescindir de la dimensión subjetiva, lo que implica dejar fuera un rasgo fundamental del fenómeno. Las evidencias empíricas no contradicen la existencia de esta dimensión, aunque tampoco permiten captarla directamente. Con ello, se muestra de forma muy acertada cómo lo natural y lo autoconsciente se entrelazan de manera inseparable, caracterizando la conciencia como algo «más que inexplicado, inexplicable» (p. 69).
Teniendo en cuenta el recorrido teórico realizado hasta el momento y, en particular, la discusión sobre la dificultad de naturalizar la conciencia, el libro se adentra de lleno en los principales modelos contemporáneos. GABRIEL MADIROLAS presenta el modelo del espacio de trabajo global de Baars y Dehaene como una aproximación parcial al problema, mostrando que su objetivo no es explicar el origen de la experiencia consciente, sino describir cómo determinados contenidos llegan a ocupar un lugar privilegiado en el procesamiento cerebral. El foco se sitúa así en los procesos atencionales y funcionales del cerebro, señalando tanto sus posibilidades como sus límites, y dejando en segundo plano la cuestión del surgimiento de la experiencia subjetiva. Esto permite valorar con mayor precisión las fortalezas y limitaciones del modelo: su capacidad para describir el acceso consciente de la información no equivale a una explicación de la experiencia en sentido fuerte. En coherencia con los capítulos iniciales, resulta difícil sostener que la naturaleza de la experiencia pueda reducirse a la mera actividad neuronal, aunque sí puede afirmarse que esta la condiciona de manera decisiva. Por ello, se propone entender la conciencia no como una sustancia producida por el cerebro, sino como una capacidad ligada a la elaboración de la propia experiencia. Con todo, permanece abierto el núcleo del problema difícil de la conciencia planteado por Chalmers: por qué y cómo los procesos neuronales se acompañan de experiencias subjetivas, una cuestión que uno de los modelos «más exitosos hoy día para abordar el estudio de la conciencia» (p. 74) contribuye a clarificar, aunque sin llegar a resolver.
Otro gran modelo abordado es la teoría de la información integrada de Tononi, presentada en este caso por JAVIER SÁNCHEZ-CAÑIZARES. Tras situar su desarrollo en el contexto de la neurociencia del sueño y de la tradición de estudio de las redes neuronales, se expone cómo esta teoría identifica la conciencia con un máximo de información integrada ligado a una estructura específica. A diferencia de otros enfoques, Tononi parte de verdades fundamentales extraídas de la experiencia consciente y busca una traducción formal a procesos fisiológicos. Se abordan con claridad conceptos centrales del modelo, como la información efectiva, la integración y la medida Φ, así como la progresiva complejidad de su formalización a lo largo de sus distintas versiones. Al mismo tiempo, no se eluden las dificultades conceptuales que plantea esta aproximación: la simplificación del cerebro como una red lógica, la interpretación de las probabilidades empleadas, la identificación entre conciencia, información y causalidad, e incluso las críticas de numerosos científicos que llegan a calificar la teoría de «pseudocientífica» (p. 97). Estas objeciones muestran que, pese a su potencia descriptiva y a su valor como hipótesis de trabajo, la teoría no resuelve por completo el problema de la conciencia y abre interrogantes filosóficos de gran calado. El capítulo concluye subrayando la necesidad de un diálogo interdisciplinar que permita complementar estos complejos, aunque prometedores, modelos formales.
Desde una perspectiva novedosa que equilibra reflexión filosófica y respaldo empírico neurobiológico, Georg Northoff propone la teoría temporoespacial de la conciencia, pues, según el autor, «no podrá avanzarse en la comprensión del cerebro si no se desarrolla un modelo que dé cuenta de esta relación» (p. 102). En el capítulo presentado por JAVIER GÓMEZ-PILAR se explica cómo, a diferencia de modelos centrados principalmente en el procesamiento de estímulos, esta teoría otorga un papel central a la actividad espontánea del cerebro, entendida no como un estado de reposo pasivo, sino como una dinámica intrínseca que estructura y condiciona la experiencia consciente. Esta actividad constituye el marco sobre el que los estímulos externos pueden ser integrados o modificados como contenidos conscientes. No se pretende así explicar qué es la conciencia en sentido absoluto, sino describir los cambios cerebrales que acompañan a las variaciones de la experiencia consciente. Los distintos mecanismos propuestos (expansión, globalización, alineamiento y anidamiento) no explican la aparición de los contenidos conscientes, pero sí permiten comprender cómo el sistema nervioso se organiza para que estos se diferencien del contexto y varíen según el estado de conciencia. En coherencia con las reflexiones filosóficas previas del libro, se asumen los límites de una explicación plenamente naturalizada y se adopta una estrategia más modesta. Aunque el modelo se encuentra aún en desarrollo, se presenta como una vía prometedora, con posibles aplicaciones clínicas futuras.
Finalmente, de la mano de LORENA CHANES, el último capítulo introduce el modelo del cerebro predictivo, presentando una aproximación a la conciencia que renuncia explícitamente a ofrecer una explicación completa del fenómeno, sin dejar de aportar un marco neurobiológico sólido para comprender mejor algunos de sus aspectos. La conciencia se asocia aquí a una actividad cerebral jerárquicamente organizada, en la que la información circula entre distintos niveles de abstracción en constante relación con los objetivos del organismo. Frente a otros modelos, esta propuesta destaca por incorporar la dimensión del desarrollo: la conciencia no se entiende como algo ya constituido en el adulto, sino como un proceso que «se va configurando a través de la interacción con el medio» (p. 122). El diálogo con la neuroanatomía permite además contrastar las hipótesis teóricas con la estructura real del cerebro y ofrecer interpretaciones alternativas de ciertos trastornos mentales, con potencial relevancia clínica. No obstante, el capítulo señala con claridad los principales retos del modelo, especialmente la necesidad de justificar el paso entre la actividad de regiones límbicas y la generación de sistemas de expectativas, así como de esclarecer el lenguaje común entre percepciones y predicciones. Lejos de ser un punto débil, estas cuestiones abiertas refuerzan el carácter prometedor del enfoque, ofreciendo una vía clara para seguir explorando cómo la experiencia consciente se configura a lo largo de la vida.
En su conjunto, Neurociencia de la conciencia no pretende resolver uno de los problemas más complejos del pensamiento contemporáneo, sino situarlo con rigor, honestidad y mucha ambición. Lejos de ofrecer respuestas definitivas, los autores invitan a replantear los límites y posibilidades del estudio científico de la conciencia, mostrando como ningún modelo aislado puede agotar su explicación sin empobrecer el fenómeno. La constante referencia al trasfondo antropológico permite al lector comprender no solo qué explican las teorías neurocientíficas actuales, sino también qué dejan necesariamente fuera. Este equilibrio entre precisión científica y reflexión conceptual convierte el libro en una obra de especial interés tanto para investigadores como para lectores interesados en comprender la conciencia de forma prudente. Más que una conclusión cerrada, el libro se presenta como un espacio de diálogo abierto, donde la neurociencia y la filosofía son capaces de escucharse mutuamente. Todo ello, con el fin de llegar a comunicarse en un idioma común que ayude al ser humano a «ver la realidad de una manera en la que actualmente es incapaz de hacerlo» (p.129).
Martín Aísa
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